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La luz de Lisboa: donde se mezclan los tonos pastel

«El color es el lugar donde se encuentran nuestro cerebro y el universo» (Paul Cézanne)
La luz de Lisboa tiene algo especial, algo hechizante e inexplicable que siempre ha cautivado a artistas, escritores, poetas y lisboetas de a pie. Los atractivos de una ciudad suelen ser cosas tangibles. Edificios. Monumentos. Tiendas y galerías de arte y restaurantes y jardines. No la luz. El mismo sol brilla sobre todas las ciudades y, sin embargo, no pertenece a nadie. Entonces, ¿cómo puede ser diferente la luz de Lisboa? Porque realmente lo es.
Agarro del codo a mi acompañante y señalo hacia arriba, hacia donde una geometría de luz dorada atraviesa la estrecha calle y recorre lo alto de los edificios. Me ocurre a cada momento: me detengo para aspirar un instante de luz especial. Cuando hablo de Lisboa, y de Portugal en general, la mitad de mis historias tratan de su luz y de la atmósfera única que crea. Sensual, tierna y sutil son quizá las palabras que mejor la describen.
La ciencia que hay detrás
En 2015 Lisboa acogió una exposición sobre su luz. «A Luz de Lisboa» ofrecía claves sobre la luz y la atmósfera. Una inscripción sobre la entrada de la primera sala citaba a Fernando Assis Pacheco: «Si yo fuera Dios, pararía el sol sobre Lisboa». Bien dicho, señor Pacheco.
Según la exposición, hay ciencia detrás de la fama de Lisboa por su luz única y cautivadora. No se debe a un solo factor, sino a la conjunción de muchos. Está la topografía: la ciudad es una especie de cuenco que recoge la luz reflejada por el río y las colinas de alrededor y la concentra en el centro. Las colinas forman además un anfiteatro natural, de modo que siempre hay una vista sobre la ciudad y el río, sean cuales sean las escaleras que suba, el elevador que tome o la colina que escale.
Luego están los colores de los edificios. Lisboa prefiere tonos que atraen y reflejan la luz: amarillo arena, ocre intenso y rosa ruborizado. Materiales como la caliza blanca y la piedra lioz portuguesa reflejan y dispersan la luz e intensifican su resplandor. Incluso la arquitectura y las fachadas de azulejos contribuyen al espectáculo. Sobre todo al principio y al final del día, cuando el sol está bajo, la luz destaca cada detalle de las casas y las satura de un cálido color pastel.
Y está el propio sol. Una placa de la exposición recogía las medias anuales de cinco ciudades europeas, y Lisboa encabezaba la lista con 2.800 horas de sol.
Una luz que no se puede atrapar
Si observa al atardecer las capas de rubí y de cítrico del cielo, sabrá de dónde viene la expresión «tonos pastel». En lugar de abrumarle con colores intensos, Lisboa le halaga con matices suaves y delicados. Y esto no vale solo para Lisboa, sino para todo Portugal. Sintra y sus jardines frondosos y románticos han sido moldeados por el recorrido del sol, y el embrujo del lugar tiene mucho que ver con el juego de luces y sombras. Si contempla una puesta de sol en un día de bruma en la costa interminable, recordará mis palabras.
Pintores y poetas, fotógrafos y cineastas llevan mucho tiempo inspirándose en la luz de Portugal. Todos intentamos atrapar algo que no se puede tocar, algo que guarda las distancias un poco por encima de los tejados y asciende, justo fuera de nuestro alcance, sobre el horizonte. Eso es lo que convierte la luz del sol en un icono tan inmaterial de la ciudad: no se puede atrapar. Solo se la puede perseguir hasta que la engulle la oscuridad, y saber que mañana volverá.
Sí, lo admito: esto es una auténtica declaración de amor.
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